PENSAMIENTO BORROSO

 

PENSAMIENTO BORROSO

La nueva ciencia de la Lógica Difusa[1]

 

 


Resumen y comentarios del libro de Bart Kosko: PENSAMIENTO BORROSO, [2] realizado por el Administrador Alberto J. Merlano A. 

Enero 1998[3] 

La mayoría de las crisis organizacionales obedecen a crisis de percepción. Es decir, a la incapacidad de ver fuera de creencias y modelos mentales.

El peligro más grande en épocas de cambio no es la turbulencia en sí, es seguir actuando con la lógica del pasado. 

PETER DRUCKER 

La lógica binaria de Aristóteles se reduce a una sola ley: o A o no A, o esto o aquello.  El cielo o es azul o no lo es.  No puede ser a la vez azul y no azul, no puede ser A y no A.  El principio de contradicción de Aristóteles estableció lo que era filosóficamente correcto durante más de dos mil años. 

La lógica aristotélica estableció 4 principios: 

1.    Principio de Identidad: Toda cosa es idéntica a sí misma. Una cosa es lo que es y no otra cosa.  

2.    Principio de Contradicción: Una cosa no puede simultáneamente ser y no ser. 

3.    Principio del Tercero Excluido: Dos cosas contrarias entre si no pueden ser cobijadas por una tercera que las incluya a ambas. 

4.    Principio de Causalidad: Todo efecto tiene una causa. 

Para entender por qué hoy día no son totalmente válidos hay que tener en cuenta el concepto de sistema, entendido como un conjunto de elementos con relaciones de interacción e interdependencia que le confieren entidad propia al formar un todo unificado. 

Por lo menos en lo biológico y en lo social y, según la cosmología contemporánea, posiblemente en todo el universo, TODO ESTÁ RELACIONADO CON TODO. Desde esta perspectiva, aunque la lógica aristotélica sigue teniendo utilidad, en particular en las matemáticas, posee muchas limitaciones cuando se traslada al mundo real. 

Las siguientes son algunas de las razones. 

1.    Toda “cosa” es un sistema, compuesto de otras “cosas”. La resultante del sistema es consecuencia del equilibrio temporal de fuerzas en contradicción. 

Cada una de esas “cosas” reciben el nombre de HOLÓN, entendido como una totalidad que forma parte de otra totalidad, manteniendo su propia naturaleza; así: las partículas elementales forman átomos; los átomos, moléculas; las moléculas, células; las células, órganos; los órganos, organismos, etcétera. En el campo de la literatura, las letras forman palabras, las palabras frases, las frases párrafos, los párrafos capítulos, los capítulos libros, etcétera. 

A mayor número de holones integrados para formar un holón más complejo, mayor profundidad. Entre menor grado de complejidad más esencialidad; así si no existiesen partículas elementales, no existiría nada, pues la cadena que de ellos sigue, moléculas, células, etcétera, dejarían de ser. 

Lo anterior introduce un interrogante sobre la afirmación de la lógica aristotélica, sobre la naturaleza de las cosas, siendo esta menos clara al pasar de lo material a lo humano individual y de este a lo humano grupal. Ejemplo, los temas relacionados con identidad de género, ¿Qué define ser hombre o mujer? La forma, la fisiología, el sentirse hombre o mujer, la tendencia sexual? Otro: el aborto ¿En qué momento el feto se convierte en humano con derechos? ¿Al momento de la concepción? ¿Cuándo puede sobrevivir fuera del cuerpo de la madre? ¿Al nacer? 

2.    Dos cosas contrarias entre sí no pueden dar origen a una tercera, que lo incluya a ambos. 

Los sistemas en contradicción no son totalmente contrarios, uno y otro tienen elementos en común, elementos diferentes pero complementarios y elementos que aunque contradictorio pueden ser integrados en función de propósitos que aglutinen e integren la diferencia. 

La anterior declaración es muy usada en la teoría de negociación, no es posible que exista conflicto entre sistemas no interdependientes porque no tienen nada en común, si hay conflicto es porque hay elementos en común, interdependencia. De allí la recomendación de construir sobre lo que une más que sobre lo que desune y de generar una solución de síntesis que trascienda e incluya la diferencia entre las diversas posiciones. Es lo que llaman negociación integradora.

 En lo social la distinción entre tesis y antítesis de Hegel, que origina una síntesis, está alineado con este principio de la lógica difusa. 

En el mundo material cada holón está compuesto de elementos contrarios, por ejemplo el holón átomo, es la resultante de la unión   protón, polaridad positiva, y el electrón, polaridad negativa. 

Todo lo anterior viola, en la práctica, el principio aristotélico que establece que dos cosas contrarias entre si no pueden ser cobijadas por una tercera que las incluya a ambas. 

3.    Un sistema puede en simultánea ser y no ser dependiendo del referente usado. El número de referentes posibles es indeterminado. 

En una discusión sobre el aborto, la eutanasia, el matrimonio gay, etcétera, cada posición esgrimida parte de un referente distinto: el manejo del propio cuerpo de parte de la mujer versus el derecho a la vida del feto en el aborto, el derecho a elegir cada ser humano el momento y la forma de morir versus Dios como dueño de la vida que es el que toma esta decisión, en la eutanasia; el derecho de cada ser humano de ser lo que es versus el quebrantamiento de una ley natural de que la relación sexual es entre géneros diferentes; etcétera. Esto para citar unos pocos de los múltiples referentes que aparecen en estas polémicas, pues cada uno de ellos pueden ser abordados desde diferentes ópticas, entre ellos la racionalista, la clínica, la jurídica, la psicológica, la sociológica, la religiosa, etcétera. 

El principio de contradicción de Aristóteles que establece que una cosa no puede simultáneamente ser y no ser, si se refiere a un sistema tendría que ser complementado añadiendo: “desde un mismo referente”. Por otro lado, dado que es imposible demostrar de modo científico la validez e invalidez de muchos referentes, más parecidos a axiomas o postulados existenciales que declaraciones científicamente ciertos o probables, lo único que queda es tratar de lograr un acuerdo sobre cuáles referentes son los pertinentes a la situación estudiada y usarlos para tomar una decisión. 

Según lo reveló la investigación de Collins y Porras, plasmada en el libro Empresas que perduran, Las compañías visionarias no se mortifican con la “tiranía de la disyuntiva”, o sea la idea puramente racional de que uno puede tener, o bien A, o bien B, pero no ambas cosas a la vez. Rechazan tener que elegir entre estabilidad o progreso; entre culturas como cultos o autonomía individual; entre gerentes formados en casa o cambio fundamental; entre prácticas conservadoras o grandes metas audaces; entre hacer dinero o vivir de acuerdo con valores y propósitos. Por el contrario, abrazan el “genio de la agregación” – el concepto paradójico que les permite perseguir A y B al mismo tiempo. 

4.    Todo efecto tiene múltiples causas, todas ellas son sistemas, u holones, que interactúan entre sí y con el efecto. La causalidad lineal es inexistente en un sistema biológico o socio-humano. 

Lo anterior hace imposible asignar a una única causa cualquier efecto sistémico que se observe en el mundo de lo vivo. Las causas interactúan entre sí y, en lo que denomina efecto retroactivo, también lo hacen con el efecto que producen; así la violencia guerrillera la producen, entre otras, la pobreza, la inequidad en la distribución del ingreso y la falta de presencia del estado en las zonas de conflicto, etcétera. Ninguna de esas variables es independiente todas se interrelacionan, y el efecto, violencia guerrillera, retrotrae sobre sus causas, volviéndose causa de las causas que lo generan. Hay allí una causalidad circular que hace, por ejemplo, que la pobreza y la injusta distribución del ingreso produzca guerra de guerrillas y la guerra de guerrillas es a su vez sea una de las causas de la pobreza y de la inequidad en la distribución del ingreso. 

Lo anterior viola en el universo sistémico el principio aristotélico que establece que todo efecto tiene una causa. Se mantiene el principio causal, pero su expresión correcta, aplicado a los sistemas, tendría que puntualizar que todo efecto tiene múltiples causas, que estas causas interactúan entre sí y que el efecto que estas causas producen retrotrae sobre las causas que lo originan, volviéndose causa de sus propias causas.

La lógica aristotélica sigue siendo fundamental en las matemáticas, pues sus principios son plenamente aplicables en el mundo abstracto de entes numéricos que se someten plenamente a las reglas aristotélicas. Así, Si A es A y B es B, A no es B, y A y B no pueden ser integrados porque son diferentes. Cada uno de esos elementos, A y B, son simples, no formados por otros, es decir, no son holones. Bajo ese supuesto, las reglas aristotélicas funcionan muy bien. El problema se inicia cuando A o B representan en el mundo real un sistema complejo. No obstante, las matemáticas han mostrado un alto grado de precisión para predecir el mundo real sin haberlo experimentado, como si la realidad materia respondiera a un algoritmo matemático. No sin razón, esto representa para la ciencia atea, uno de los mayores misterios del universo. 

Rene Descartes (1596-1650), a su vez, en su Discurso del Método, estableció la siguiente metodología para llegar a la verdad: 

1.  DUDA METÓDICA: El único método para llegar a la certeza es dudar de todo. 

2.  REGLA DE LA EVIDENCIA: No aceptar ninguna verdad como cierta si no tenemos certeza de ella. 

3.  LEY DEL ANÁLISIS: Dividir y estudiar por partes los asuntos que presenten dificultad. 

4.  LEY DE LA SÍNTESIS: Llegar al todo a partir del conocimiento de las partes. 

5.  LEY DEL CONTROL: Asegurarnos de no dejar nada por fuera. 

El lector interesado puede encontrar en mi artículo ACERCA DE LA VERDAD[4], una discusión acerca de la posibilidad de llegar a conocer la verdad, derivada de la EPÍSTEMOLOGÍA y de la CIENCIA contemporánea. La conclusión es que sólo podemos predicar la verdad dentro de un sistema de referentes y con relación a sistemas mecánicos o biológicos muy simples. A medida que avanzamos hacia holones, o sistemas, más complejos, se impone la incertidumbre y el uso de la estadística como medio para calcularla. 

Lo anterior hace inviable en el mundo de lo sistémico la búsqueda de la certeza y de que podamos tener toda la información para “asegurarnos de no dejar nada por fuera”. no es posible. Esto deja sin validez las recomendaciones 1, 2 y 5, por lo menos, en lo que se relaciona con la búsqueda de la verdad en objetos de estudio sistémicos. 

Por otra parte, el efecto o resultado en cualquier sistema, es diferente a la simple sumatoria de los efectos de las partes que lo componen. Por esta razón el método cartesiano para explorar la verdad consistente en dividir y estudiar por parte los asuntos que presenten dificultad llegando al todo a partir del conocimiento de las partes no es aplicable en los sistemas, pues ellos poseen propiedades emergentes que no se encuentran en las partes que los componen. No se puede, por ello, predecir las propiedades de un sistema dividiéndolo y analizando sus partes; por ejemplo, no es posible conocer el agua sabiendo todo lo que se pueda saber del hidrógeno y del oxígeno, cuya integración la produce. Igualmente una relación de pareja es incomprensible si miramos la personalidad de los involucrados por aparte sin analizar lo que sucede cuando interactúan. 

En síntesis: El gran cambio que nos exige el mundo sistémico consiste en pasar de ver un mundo hecho de cosas a ver un mundo interconectado, hecho de relaciones. 

Buda vivió en la India cinco siglos antes de Cristo.  Murió en la India casi cien años antes que Aristóteles naciese en Grecia en el 383 A.C.  El primer paso de su sistema de creencias fue el de romper con el mundo de palabras blanco y negro, desgarrar el velo de la bivalencia y ver el mundo como es: plagado de contradicciones, con sus cosas y sus no cosas, sus rosas que son y no son rojas, con A y no A.

El tema de la borrosidad y el gris aparece en los sistemas de creencias orientales, viejos o nuevos, del taoísmo de Lao-Tse al moderno Zen del Japón.  O esto y aquello ante la contradicción de A y no A.  Aristóteles frente a Buda.[5] 

La historia antigua de la borrosidad se reduce a la de la lógica de Occidente y de Oriente.  En Occidente, Aristóteles nos dio la lógica binaria y buena parte de nuestra visión del mundo.  Nos enseñó a manejar el cuchillo de la razón y a trazar siempre una línea entre los opuestos, entre la cosa y la no cosa, entre A y no A.  Cuanto mejor tracemos esas líneas, más lógica será nuestra mente y más exacta nuestra ciencia, se nos decía.

Por el contrario, los grandes líderes culturales de Oriente eran místicos. Toleraban la ambigüedad o vaguedad, e incluso la promovían. Buda rechazaba el mundo blanquinegro de las palabras en su camino hacia el esclarecimiento espiritual o psíquico, mientras Lao-Tze nos daba el Tao y el emblema de éste, el del yin y el yang, la cosa y la no cosa a la vez, A y no A al mismo tiempo. 

Como lo plantea el teórico del Pensamiento Complejo Edgar Morin vivimos en un mar de incertidumbre en el que existen algunos pequeños islotes de certeza.


Estados Unidos y Japón dirigen el mundo en los negocios y la técnica; mandan en el dinero y en las matemáticas.  Las culturas de ambos países derivan de las de otras naciones.  La Grecia antigua es para Estados Unidos y la mayor parte de Europa, lo que la China antigua y la India son para Japón. 

Aristóteles y Buda personifican esas dos raíces culturales.  Buda fue indio, no chino, y nunca estuvo en China.  Pero su concepción del mundo pasó por el filtro del taoísmo chino y desembocó en el budismo Zen, que impregna tanto el pensamiento y la cultura japonesa como su historia y su manera de practicar los negocios. 

La lógica de Aristóteles, su sesgo científico, han configurado en buena medida el espíritu occidental moderno y definido el margen de variación de sus parámetros, sus límites, su lista de lo que es correcto y de lo que no lo es. 

Buda no fue un teórico de la borrosidad en el sentido matemático, pero tuvo la idea de los matices, del gris: toleraba A y no A.  Evitó con cuidado la bivalencia artificial que nace del término de negación "no" de los lenguajes naturales. Buda parece ser el primer pensador que rechazó el mundo blanquinegro de la bivalencia por completo y sobre ello construyó una filosofía personal.  El positivismo lógico, por el contrario, sostiene que si no puedes contrastar o demostrar matemáticamente lo que dices, no has dicho nada.  Le viene bien a científicos y matemáticos, pues sólo les deja hablar a ellos.  Todos los demás, dicen, son enunciados carentes de sentido acerca del mundo, la vida, la moral, la belleza.  Los problemas de Dios, la metafísica, el bien, los valores se reducen a meros pseudoproblemas, cuestiones que plantean sólo quienes han sido confundidos por el lenguaje y no saben qué puede valer como respuesta y qué no. 

El Positivismo Lógico fue la filosofía dominante en la Europa de principios del siglo XX, que afirma que solo podemos saber que algo es cierto si se puede demostrar de manera lógica o empírica. Los positivistas consideraban las matemáticas y la ciencia como la fuente suprema de la verdad. 

No habrá filósofo al que preguntéis que no ataque al positivismo lógico, sea por los detalles o por algún principio general, pero sigue siendo la filosofía efectiva de la ciencia moderna, de la medicina y de la ingeniería. 

El mundo de las matemáticas no casa con el mundo que describe. Son diferentes: uno es artificial, el otro real; uno es nítido, el otro está difuso. El mundo es borroso, la descripción no. Todos los enunciados de la lógica formal y de la programación de ordenadores son o verdaderos del todo o falsos del todo, 1 o 0.  Pero los enunciados en el mundo real no son así.  Los enunciados que hablan de hechos no son o verdaderos o falsos del todo, su verdad cae entre la verdad y la falsedad totales, entre el 1 y el 0.  No son bivalentes; son multivalentes, grises, borrosos, por ello el principio borroso afirma que todo es cuestión de grado. 

Todo planteamiento requiere, en última instancia, partir de axiomas o postulados que solo pueden ser “evidenciados” a través de nuestra razón o de nuestra percepción de la realidad. Como demostró el matemático Gödel, hasta las matemáticas contienen proposiciones indemostrables, que no pueden ser refutadas ni comprobadas, dentro de la lógica del sistema matemático al que dan origen. 

A la borrosidad se le da en la ciencia un nombre formal: multivalencia.  También se le conoce como lógica difusa y lógica brumosa.  Lo contrario a la borrosidad es la bivalencia, el que sólo haya dos valores, dos maneras de responder cualquier pregunta, verdadero o falso, 1 o 0.  Borrosidad significa multivalencia.  Quiere decir que hay tres o más opciones, quizá un espectro infinito y no sólo dos extremos, que prima lo analógico y no lo binario, que son infinitos los matices grises entre el blanco y el negro.  Expresa todo aquello que el abogado o el juez quieren descartar cuando dicen: “Responda sólo sí o no". 

Un problema no tiene una sola solución sino infinitas soluciones. Una palabra no tiene un solo significado sino infinitos significados. Una pregunta no tiene una sola respuesta sino infinitas respuestas. Un objeto puede observarse desde infinitos puntos de vista. No debe buscarse la única solución, única interpretación, única respuesta, único punto de vista, sino que debe elegirse de entre las múltiples soluciones, interpretaciones, respuestas, puntos de vista, aquel que es más útil en un sitio y en un momento dado. 

Los lógicos de los años veinte elaboraron la lógica multivalente para abordar el principio cuántico de incertidumbre de Heisenberg.  Este principio dice que, si mides algunas cosas de manera precisa, no podrás hacer lo mismo con otras. Sugiere que, en realidad, nos las hemos de ver con una lógica trivalente en la que los enunciados pueden ser verdaderos, falsos o indeterminados. 

Veamos un ejemplo para entender mejor en qué consiste la lógica borrosa.

¿Estáis legalmente casados?  Levantad la mano si es así.  De esa forma se divide al auditorio en dos partes, una parte A y una parte no A, los casados y los no casados. La ley traza una línea continua entre aquéllos y éstos.   

Aun en este caso hay indefinición: los que viven juntos y no están casados, los casados legalmente que no viven juntos, los casados por su religión que no lo están civilmente y que la ley considera solteros, lo casados civilmente pero no por su religión que los considera por lo tanto solteros, etc. Para elegir con precisión hay que definir, trazar parámetros y estos en asuntos humanos y sociales son relativos. 

Bajad ahora las manos.  ¿Cuántos sois felices?  O jóvenes, o tranquilos, o delgados, o altos, o listos, o sinceros.  Levantad la mano.  Ahora, las manos no se levantan o se quedan abajo del todo.  No hay ley que nos trace una línea clara entre ser feliz o infeliz, joven o viejo, gordo o flaco, bajo o alto, torpe o inteligente, sincero o falso.  Nuestra lógica borrosa no traza líneas continuas entre los contrarios. Vivimos con una mezcla de todo.  En estos casos es la ley de Buda la que, hasta cierto punto, vale.  Lo entendemos en cuanto vemos que las manos de la gente se mueven de arriba abajo y de abajo a arriba hasta que se quedan quietas entre los extremos del sí y del no total.  Lo notamos cuando alguien nos pregunta: ¿Lo compra?, ¿Está con nosotros?, ¿Lo hará?, ¿Comprendes? 

El ejemplo del auditorio revela la esencia de la borrosidad: las cosas borrosas se parecen a las cosas no borrosas.  A se parece a no A.  Las cosas borrosas tienen con sus contrarias fronteras vagas. Cuanto más se parece una cosa a su contraria, más borrosa es.  La mayor borrosidad se da cuando una cosa es igual a su opuesta: el vaso de agua medio vacío y medio lleno. 

Las acciones no son fáciles ni difíciles, dependen de la pericia del que las ejecuta. Las cosas no son caras ni baratas, dependen de la riqueza del comprador. Los seres no son bellos ni feos, dependen del gusto del que los mira. Las cosas no tienen cualidades, éstas las otorga el espectador. El significado siempre es subjetivo. Cada vez que emitimos un concepto debemos pensar además “en relación con…” y agregar otro concepto. Por ejemplo: pequeño en relación con algo más grande. Grande en relación con algo más pequeño. Feo en relación con algo más bello, etc. Fuera de la relación con algo el concepto no tiene sentido, no puede ser. 

El símbolo del yin y el yang es el emblema de la borrosidad.  Representa un mundo de opuestos, un mundo que a menudo asociamos con el misticismo oriental, pues la lógica borrosa empieza donde termina la lógica occidental. 

Las palabras nombran conjuntos. Todos escribimos y decimos las mismas palabras, pero no pensamos las mismas cosas.  Las palabras son públicas, pero los conjuntos que percibimos son privados. Pensamos con conjuntos.

Casa nombra un conjunto de casas, una lista de casas, un grupo o colección de casas.  Pero ¿Qué estructuras son casas y cuáles no?  Nos será más fácil señalar a algunas cosas como casas que a otras.  ¿Qué haremos con castillos, casas móviles, dúplex, copropiedades, tiendas puntiagudas de indios, tiendas de campaña, cobertizos, cuevas y cajas de cartón de los tugurios?  Es una cuestión de grado.  Hay estructuras que son más "una casa" que otras.  En cierto grado son una casa y no lo son.  Las excepciones borran la delimitación entre casa y no casa.  A y no A se cumple; la borrosidad, pues, se da: el nombre casa nombra un conjunto borroso de cosas. 

Y esto no se acaba en los nombres.  Añadamos un adjetivo y aumentaremos la borrosidad.  Casa vieja nombra un subconjunto del conjunto de casas.  Todas las casas viejas son casas, pero no todas las casas son viejas.  Pero ¿Cuán viejas han de ser para ser viejas?  Algunas lo son más que otras.  Es una cuestión de grado.  Hay casas viejas que pertenecen más al conjunto de las casas viejas que otras.  Hasta podemos clasificarlas por años, meses o días. Casa muy vieja nombra un conjunto aún menor, un subconjunto de nuestro conjunto de casas viejas.  También podemos clasificar su mucha vejez por su época. La histórica casa de campo medieval es más "muy vieja" que la granja cuáquera o la cabaña de troncos de la guerra civil norteamericana. 

La belleza es a la vez borrosa y relativa.  Depende de quién hable y de la cultura.  Las decisiones legales también son borrosas y relativas.

Los conceptos legales varían de una cultura a otra.  El gran incremento de la información en nuestro siglo no nos ha servido para trazar la línea entre la justicia y la injusticia, lo que es y no es equitativo, lo que está bien y lo que no, la intención y la carencia de intención, lo privado y lo público, lo mío y lo tuyo. La información no dejará de crecer a lo largo de los siglos.   

En vez de simplificar las decisiones una mayor información aumenta la borrosidad.  ¿Cómo decide un juez un caso?  ¿Sigue la letra o el espíritu de la ley?  ¿Abre un libro de reglas, compara los "hechos" con las reglas y lee el veredicto o sentencia?  ¿O usa la lógica borrosa, compara hechos borrosos con precedentes borrosos y llega a lo que parece un promedio ponderado borroso?

 

Ronald Dworkin ha construido toda una teoría del derecho a partir de la distinción entre reglas y principios.  Los principios, dice Dworkin, "tienen una dimensión de la que carecen las reglas; la del peso o la importancia", y el tribunal "cita principios para justificar su adopción y aplicación de una regla nueva".  Tenemos volúmenes llenos de reglas, pero sólo unos cuantos principios. Las reglas permiten o prohíben actos precisos.  Los principios nos guían a la hora de elegir y descartar reglas.  Sólo las reglas dictan los resultados, pase lo que pase.  Cuando se obtiene un resultado adverso, la regla se abandona o cambia. Con los principios no pasa lo mismo; inclinan la decisión en un sentido, aunque no de manera concluyente, y sobreviven, intactos, aunque no prevalezcan. 

Pensemos en esto: nuestros cerebros están llenos de conjuntos borrosos. Pensamos con conjuntos borrosos y cada uno de nosotros define sus propios límites de maneras diferentes.  Agrupamos las cosas en conjuntos borrosos y jugamos con los grupos y buscamos conexiones.  El pensamiento es un juego con conjuntos.  Eso, precisamente, es la lógica borrosa: razonar con conjuntos borrosos. 

El lenguaje, en especial el matemático de la ciencia crea fronteras artificiales entre el blanco y el negro.  La razón o el sentido común las borran, trabajando con grises. 

En el siglo pasado, John Stuart Mill dijo que las ideas nuevas atravesaban tres fases de rechazo. En la primera, son falsas. En la segunda, van contra lo generalmente aceptado.  En la tercera, no son sino noticias viejas, triviales, mero sentido común, y a todos se nos habrían ocurrido si hubiésemos tenido el tiempo o el dinero o el interés para ello.  La lógica borrosa, ligada al rápido ritmo social de cambio de la información, está pasando de la primera fase a la tercera.  En Occidente, la teoría borrosa está entre la primera y la segunda.  La mayoría de los científicos siguen atacándola por ser contraria a la fe bivalente; sólo el éxito comercial de los productos borrosos la ha puesto en el candelero, si no, aún yacería enterrada en artículos de oscuras revistas. En el Lejano Oriente ha avanzado casi hasta la tercera fase.  La lógica borrosa o la multivalencia son, en sus raíces, una visión del mundo o una ideología.  La bivalencia también, y de ahí nace el conflicto. 

La lógica de Aristóteles se esconde bajo nuestros instintos bivalentes. Esperamos de todo enunciado "bien formado", que sea verdadero o falso, no más o menos verdadero o falso.  A o no A.  Esta ley del pensamiento recorre nuestro lenguaje, nuestra educación, nuestros pensamientos. 

El misticismo oriental ofrece los únicos grandes sistemas de creencias que aceptan las contradicciones, que se basan en A y no A, en el yin y el yang.  Como hemos dicho antes, unos doscientos años antes de Aristóteles, Buda no dejaba que quienes le oyesen quedaran atrapados en los problemas del tipo de o esto o aquello.  Guardaba un "noble silencio” cuando se le hacían preguntas binarias, del estilo de si el universo es finito o infinito.  Los monjes del moderno budismo Zen enseñan a sus discípulos a meditar con koans ¿Qué rostro tenías antes de que nacieses?, ¿Cómo aplaudes con una sola mano?, para que atraviesen la coraza blanca y negra de las palabras y alcancen un estado de conciencia esclarecido, o satori. 

Nos podemos quitar de encima todos los libros de física, de química, de biología y economía, y sustituirlos con nuevos libros que presenten sistemas borrosos donde, en los antiguos, había ecuaciones.  En teoría, se puede traducir cualquier ecuación a reglas. 

Más información quiere decir más hechos.  Con más información se describen mejor los hechos.  Nos da imágenes más claras de ellos y desde más ángulos. Pero la borrosidad promete ser parte permanente de esas imágenes, pues aunque a más información, menos incertidumbre, la borrosidad funciona al revés, a más información mayor borrosidad. 

A medida que aumenta la isla de nuestros conocimientos aumenta también el litoral de nuestra ignorancia. 

Estanislao Zuleta nos recordaba citando a Platón, que la sabiduría es un estado de vacío.  Entre más conocemos de algo menos categóricos, más "borrosos", somos.  Por el contrario, la ignorancia es un estado de llenura.  El que no sabe llena su ignorancia con opiniones y se siente seguro, no duda, de lo que en su ignorancia afirma.  De allí la aceptación universal como definición de sabiduría, de la paradójica frase de Sócrates, "Solo sé que nada sé".  Ella parece confirmar que la sabiduría consiste en gran parte, en reconocer que no se sabe. 

El conocimiento borroso se reduce a reglas borrosas. Una regla borrosa establece entre los conceptos borrosos relaciones con forma de enunciados condicionales.  Si el tráfico es denso, entonces manténgase el semáforo en verde más tiempo.  Los sistemas borrosos almacenan docenas o cientos o miles de estas reglas borrosas de sentido común. 

A un controlador borroso adaptativo se le enseñaría cómo controla el tráfico un guardia de la circulación.  Cuantos más datos entren, mejores reglas saldrán.  Los sistemas borrosos adaptativos "chupan los cerebros" de los expertos. 

La lógica borrosa no se hizo adulta en las universidades sino en las actividades comerciales, saltando por encima de las objeciones filosóficas de los científicos occidentales. 

A principios de la década de los noventa, la borrosidad se había convertido en el emblema técnico y cultural del Lejano Oriente. Japón ha encabezado la revolución borrosa en los productos de consumo de alta tecnología.  El gobierno japonés ha abierto dos grandes laboratorios, cada uno de los cuales patrocina un congreso sobre la borrosidad en años alternos. 

La borrosidad también ha echado raíces en otros países del Lejano Oriente, cada uno de ellos expresando su visión borrosa del mundo a su manera.  Los ingenieros chinos han aplicado los sistemas borrosos a tareas industriales y militares. 

Los sistemas borrosos de alta velocidad son inteligentes.  Controlan hoy en Japón los Metros y estabilizan helicópteros mejor que las personas. La técnica de los sensores acelera la revolución borrosa.  Esos minúsculos expertos borrosos necesitan muchos datos, y cuanto más de prisa y con mayor precisión los reciban, tanto mejor.  Una lavadora borrosa emplea sensores de carga para medir el tamaño y la textura de la ropa que tiene que lavar y usa un sensor de luz pulsante para medir la suciedad del agua de lavado. Las aspiradoras borrosas emplean sensores infrarrojos a fin de medir la densidad de la suciedad y la textura de la alfombra.  Se reciben los datos y las reglas borrosas ajustan el poder de succión de la aspiradora. Los televisores borrosos miden el brillo, contraste y color relativos en cada imagen, entonces intervienen los mandos para que la nitidez sea mayor. 

Para entender el triunfo de la borrosidad en el Lejano Oriente hay que entender, como me dicen mis amigos de allí, el "espíritu oriental", lo que en gran medida depende de que se entienda el budismo, su historia, su práctica y lo que va de una a la otra.  Para sacudirnos de la fe bivalente, por el contrario, tendremos que poner en duda la aplicabilidad universal de las enseñanzas de Aristóteles.

 

También las de Descarte y la filosofía positivista.

 

 

 

 

 

 



[1] También se le conoce como, pensamiento brumoso, lógica ambigua, pensamiento multivalente, etc. 

[2] Editorial Crítica - Grijalbo Mondadori - Barcelona, España -1995. Lo que aparece en letra normal refleja el pensamiento de Bart Kosko tal como yo lo entiendo. Lo que va en letra inclinada corresponde a comentarios adiciones mías. Espero de esta forma facilitar a los lectores y a los participantes en mis seminarios, la asimilación de la teoría y la práctica de la Lógica Difusa, de gran aplicación al quehacer administrativo, en particular al análisis y solución de conflictos. 

[3] Última revisión febrero de 2022.

[4] Puede ser solicitado al E. mail albertomerlano2009@gmail.com

[5] No se debe confundir la filosofía taoísta con la religión TAOISTA. El taoísmo religioso , según Wikipedia, es un sistema de creencias con mezcla de elementos del taoísmo filosófico, el confucionismo, el budismo y creencias locales de China y el sureste asiático, formando un sincretismo religioso que lo diferencia de la concepción original de la obra Tao Te King de Lao-Tse. Fla fuente más conocida de la filosofía taoísta. Como religión tiene unos 173 millones de seguidores ubicados principalmente en China, Corea del Sur y Japón. Está basado en la existencia de tres fuerzas: una fuerza activa (yang), una fuerza pasiva (ying) y una tercera fuerza que contiene a las otras dos, llamada Tao.

 

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